lunes, 5 de mayo de 2008

Hielo, relato propio (fragmento)




Cuando el motor hidráulico se detiene y las puertas se abren, la joven avanza hacia el exterior del vagón al mismo tiempo que cabecea hacia el anciano Shij, que sigue mirándola fijamente entre la multitud sin moverse desde su rincón. La última imagen que Kovacs alcanza a ver antes de atravesar las puertas es la de sus curvilíneos labios sonrientes.
Al cerrarse las compuertas, el tren se pone en marcha con un familiar chirrido electromagnético y una leve corriente de aire voltea por el aire basura hasta ahora estancada en el suelo de la estación, mientras la joven se detiene y se gira en dirección a las vías. Carla Kovacs se mantiene de pie, mirando a lado y lado del andén, asegurándose de que el anciano del bigote blanco no ha salido del vagón, mientras el resto de los pasajeros se alejan hacia las salidas. Se ajusta las gafas resoplando levemente, para luego cabecear hacia su izquierda, hacia la dirección en que ha desaparecido el metro. En pocos instantes el barullo de los pasajeros desaparece en el vacío.
El eco de las pisadas se diluye gradualmente hasta perderse en la oscuridad del túnel, como una columna de humo azotada por un vendaval. Sólo la estática de las luces del andén parece llenar el vacío en el que se ha convertido la estación. La joven siente los pelos de la nuca erizarse lentamente. Su conexión neuronal le produce una ligera picazón. Está completamente sola y el aliento que escapa de su boca delata la incrementada intensidad del frío subterráneo. Empieza a sentir la ligera vibración. Un pequeño temblor suave, casi imperceptible. No está segura de si acaba de empezar o de si no la había percibido hasta este momento.
Una lata de refresco empieza a desplazarse ligeramente por el suelo, dando pequeños saltos vacilantes, casi como cobrando vida propia. Una ligera capa de basura y polvo tiembla, moviéndose por encima de la superficie de plástico Neo-Plex. Parece como un suave oleaje de color gris, una marea de grandes dimensiones ejerciendo un pequeño vaivén a pocos milímetros del suelo. Kovacs recuerda haber tenido principios de alucinación, quizá a causa de las drogas, o quizá a causa del propio insomnio. Pero jamás había llegado a ver nada parecido a esto. Cuando empieza a convencerse de que no puede estar pasando, el sonido de la estática empieza a titubear y la tensión de las luces subterráneas desciende hasta casi la mitad, acompañada de breves interrupciones. La lata deja de moverse repentinamente. El polvo cae inerte sobre el suelo. La estática se detiene. La oscuridad rodea a Carla Kovacs.
Una ligera descarga eléctrica basta para que la llama se encienda con un deslumbrante fogonazo. Kovacs mantiene el brazo alzado alejando el mechero de su cara e intenta acostumbrar sus ojos a la pequeña fuente de luz. La oscuridad no le permite ver más allá de un par de metros de la llama. La joven observa el suelo de Neo-Plex y se desplaza en dirección contraria a la vía del metro, intentando encontrar una pared. Sus ojos no se despegan del suelo. Al cruzar el andén, atraviesa un graffiti pintado que parece decir en japonés “¿Dónde es aquí?”. Las lenguas orientales nunca han sido su fuerte. En pocos instantes, la estática vuelve a iniciarse y las luces empiezan a encenderse lenta y progresivamente.
Las sombras de la estación se desvanecen mientras Kovacs apaga su recalentado encendedor y se lleva la mano izquierda al bolsillo para extraer un paquete de cigarrillos. Con el cilindro de papel entre los labios, la joven enciende una vez más la llama mientras aspira decididamente. El humo del tabaco circula por su garganta. Una leve columna de humo escapa de sus fosas nasales mientras intenta guardar el encendedor en el bolsillo. La superficie metálica cromada cae sobre el suelo de Neo-Plex. Las pupilas de la joven se dilatan al percatarse de la presencia de un hombre de pie en el andén. Un anciano enclenque. De mediana estatura. Vestido con un impecable traje corporativo de color gris. Sus ojos son de un azul intenso, brillante. Su mirada es insistente, penetrante. La tez oscura delata un origen oriental, quizá Shij. Un pequeño esbozo de sonrisa escapa de sus labios, bajo un extraño bigote blanco de estilo victoriano. Su pelo, al igual que el bigote, es completamente blanco, liso y largo, atado en una cola por encima de sus hombros. La mira como si la conociese desde hace tiempo. Kovacs le reconoce perfectamente. No podría olvidar jamás a este hombre. El mismo individuo al que acaba de dejar atrás, en el interior del vagón de metro. Kovacs termina por cerrar los ojos y cierra los párpados con fuerza cuando una extraña sensación de dejà vu atraviesa su mente con un luminoso flash. Sin ni siquiera percatarse, con un movimiento completamente rápido e instintivo, el revólver aparece en las manos de la joven y se halla apuntando con su cañón al anciano del traje corporativo, que ni siquiera se inmuta y sigue mirándola fijamente a los ojos sin dejar de sonreír. El revólver no deja de temblar en su mano. Su mango está húmedo. Los labios del Shij empiezan a moverse, sin dejar de mostrar su perfecta e inmaculada dentadura, articulando una corta y concisa frase con un perfecto acento inglés.“Carla Kovacs, ¿verdad?”. El temblor desaparece al instante y a pesar de su tacto húmedo, la mano de Kovacs consigue agarrar el mango con fuerza y decisión. El dedo índice aprieta con fuerza y el percutor del revólver se activa escupiendo fuego y metal en medio de un trueno ensordecedor.

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Publicado en "Especial Philip K. Dick", Libro Andrómeda nº 10. Editorial Mundo Imaginario