martes, 12 de octubre de 2010

Tatuaje, relato propio (fragmento)



El hombre de negro estaba de pie frente a Jon observándole con atención. Sus labios estaban sellados como los de una pálida estatua de mármol. Detrás de su intrigante figura se alzaba la fría oscuridad, el vacío total sumido en el más absoluto de los silencios. El hombre le contempló durante breves minutos sin articular vocablo alguno. Su presencia estaba voluntariamente sumida en la penumbra. Jon intentó hablar con él. Aunque permaneció en silencio, el hombre parecía querer mostrarle algo. Lo vio en su mirada. Incisiva. Una mirada que por lo que él recordaba había cambiado.
Hasta aquel mismo instante había tenido la certeza de que quien se hallaba frente a él era su propio padre. Su mirada era familiar, como si el mismo Jon contemplara su propio reflejo frente a un espejo. Aquella no era ya la mirada de su padre. Sabía que no lo era, pero de la misma forma sabía que también se trataba de alguien muy familiar, aunque con un aspecto distinto.
Jon observó la cara del hombre de negro intentando descubrir sus rasgos a través de la penumbra. A pesar de su esfuerzo no fue capaz de descubrir el aspecto de su cara, sólo leves detalles. Su cabello era blanquecino. Su expresión era taciturna. Sus ojos estaban cansados pero su mirada estaba llena de vida y de intención.
Una vez más, el hombre de negro quiso que Jon le prestara atención. Del interior de su propio abrigo extrajo algo pequeño. Un objeto que cabía en el interior de su mano. Su puño estaba cerrado. Lo abrió lentamente para mostrar lo que escondía la palma de la mano. En ella había una pequeña pieza, de forma poligonal. Estaba cubierto de pequeñas capas de hielo derritiéndose. Se lo mostró al joven. Jon estaba seguro de que quería que lo observara a conciencia.
Fijó su mirada en el pequeño objeto intentando no perder detalle. Parecía un pequeño artefacto. Esquinas poligonales y una superficie metálica y fría que a la vez parecía viva. No se parecía a nada que el joven hubiera visto hasta entonces. Su forma era abrupta y llena de recovecos y de rincones que parecían cambiar con la luz, engañando a la vista con sus sombras.
El hombre de negro quería que mirara en él. Jon acercó la cabeza y lo observó más de cerca. Creyó poder ver algo. Un círculo. No, era una esfera, blanca. Un planeta. Su superficie extremadamente uniforme, cubierta por hielos perpetuos. La atmósfera poblada por gases que le conferían un tono verde-azulado. Jon hubiera reconocido aquel lugar con una venda en los ojos: No tenía ninguna duda de que se trataba de Urano.
Jon se contempló la piel del hombre de negro. La muñeca, bajo el abrigo. Una hilera de sangre apareció descendiendo desde el brazo del hombre de negro. Al menos fue lo que Jon creyó ver en un primer instante. Después se percató de que la sangre corría por debajo de la piel. Era como un derrame, una hemorragia desatada. Pareció cobrar vida, como una serpiente escarlata escondida debajo de la piel blanquecina, transparente. Serpenteando y bifurcándose, hasta formar el movimiento parecido al de un líquido, una tinta. Un extraño tatuaje rojo que cobró vida.
En aquel mismo momento una grieta blanca pareció romper el aire. Se extendió por el vacío como lo haría la grieta que rompiera la superficie de un cristal. El ruido resultó ensordecedor. El hombre de negro se resquebrajó en millares de pedazos y la luz blanca cegó los ojos de Jon. El dolor...