lunes, 4 de agosto de 2008

Juego de Sombras, relato propio (fragmento)


No estaba seguro de cuánto tiempo había permanecido despierto. Su mente se había perdido durante largos minutos por las sombras trazadas en la pared. La lluvia se deslizaba por el cristal de la ventana proyectando un calidoscopio de formas y brillos azulados por toda la habitación, iluminados persistentemente por destellos de luz blanca y pura.

Las campanas de Santa María del Mar retumbaron en el silencio. Su canción voló bajo las nubes junto al trueno y al relámpago, más allá de la medianoche.

Al otro lado de Vía Layetana, en el tejado del edificio de enfrente, una gárgola parecía no dejar de reír. La suave y pausada respiración de la chica era el único sonido que cualquiera podría haber percibido por encima de la tempestad. Su respiración y el leve goteo del grifo del baño que estaba mal cerrado. Un pequeño murmullo que sería difícil de percibir para cualquiera.

Aguirre no era un hombre común. Entre otras cualidades, había sonidos que podía oír más claramente de lo que podría hacerlo un ser vivo. Y esa era la diferencia más fundamental: en la práctica, no podía decirse que estuviera vivo. Al menos no de una forma usual. Javier Aguirre era un no-muerto. Un vampiro.

Era la segunda semana. Nueve días consecutivos en los que no había podido encontrar la paz en el lecho de Ruth. En todos ellos se había pasado una buena parte de la noche alarmado por la presencia que había ahí fuera.

Podía oírle claramente. Se movía por el tejado del piso de la chica o incluso por los edificios al otro lado de las calle. Oía una respiración humana que estaba seguro de que era fingida. Le oía reírse de vez en cuando, sobre todo cuando decidía desaparecer en la oscuridad sin dejar el menor rastro.

Si toda esta situación era algo más que un juego, empezaba a sentirse molesto por la estrecha vigilancia nocturna a la que se veía sometido el apartamento de la joven. Si surgían problemas Ruth era demasiado frágil para poder afrontarlos como él. Aquella angustia no le dejaba tranquilo.

Antes de abrir los ojos completamente, Ruth balbuceó un sonido que el vampiro no llegó a comprender. Seguía con la mirada perdida en la pared cuando ella le acarició la cara con su rizado cabello.

Se abrazó cariñosamente al cuerpo de su hombre y cruzó una de sus piernas por encima de su estómago para luego emitir un leve gemido ahogado de bienestar. Él acarició suavemente el pelo de la nuca de la chica. “¿No duermes?“ preguntó ella.

“No” le respondió. Abrazándose a él con más fuerza, Ruth acercó los labios a su cara y le dio un silencioso beso en la mejilla. “¿En qué piensas?“

“En nada. Duérmete otra vez“ le pidió besándola en la frente. No quería preocuparla innecesariamente con problemas que podrían escapar a su comprensión. Ruth apoyó su cabeza una vez más sobre la fría piel de su amante y sus largas pestañas descendieron lentamente hasta que sus párpados quedaron completamente cerrados.

Un nuevo relámpago y un fuerte estruendo consiguieron que Ruth se levantara repentinamente del lecho. El rayo había caído muy cerca y el estruendo había sido terrible. La chica se quedó sentada en el borde de la cama con los pies colgando y envuelta por una parte de la sábana. El contacto frío de la mano del vampiro sobre su hombro hizo que se estremeciera.

“Tranquilízate. Sólo ha sido un trueno“. Ruth le miró con sus ojos oscuros y se abrazó a él todavía temblando. Él la estrechó entre sus brazos y olió el perfume de sus cabellos una vez más. En la ventana la lluvia no dejaba de caer. Ya no había nadie ahí fuera. No podía oírle. Más allá de la niebla, el relámpago seguía danzando en la lejanía.


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